miércoles 23 de marzo de 2011

Cuento: La bolsa




No suelo contar nada del tiempo previo al arribo en Buenos Aires. La lengua que hablaba en la otra tierra se congeló como un glaciar y no puedo pescar ni una palabra ahí. Cuando escucho a alguien de aquella zona hablar en dialecto no entiendo nada de lo que dice (la música de los vocablos encadenados unos con otros me resulta tan estridente como el chillido de las ratas).

Pero me acuerdo. Veo la casa en la que vivíamos. Veo a mamá acercándose por la noche a nuestra cama. Ella inventaba cuentos y quedábamos dormidas. Sé que hacía hambre y su voz era como la lombriz que se saca la pájara del pico para darle a los pichones. Piábamos con mi hermana escondidas bajo las sábanas, cuando la sentíamos venir. Vivíamos en un pueblo de nombre corto, en una isla. Fértil antes, próspero el suelo, las familias cosechaban prole gorda. No me acuerdo de los batallones que pasaron como termitas.

Los cuentos que mamá se sacaba de la boca mimaban a la panza hasta la modorra. Tengo pesadillas, todavía. Odiaba principalmente al hombre de la bolsa. Desconozco las palabras con que ella lo traía. Hasta podía olerlo: se acercaba lo suficiente, merodeaba. No olía como ningún ser humano que haya conocido.

Hoy me sería imposible imitar una sola frase de mamá. Empezaba a mover los labios gruesos, oscuros, hablaba y con las manos nos acunaban a mi hermana y a mí. Sus tentáculos grandes y calientes en nuestras espaldas iban y venían como cáscaras de nuez en la zanja. Relataba y canturreaba la mai invocando a los espíritus. Quería mantener mis ojos abiertos, recuerdo perfectamente la carpeta de puntilla sobre la mesa de luz y el portarretratos con la foto del abuelo junto a la cama en la que dormíamos las tres. Hacía un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos. Y entonces el murmullo, el cántico de ella se iba uniendo a los sonidos que venían desde afuera, de la calle y del campo, de alguna manera inexplicable ella estaba hilvanada, entretejida a aquel sitio con tal fuerza que cuando nos quería submarina, con amor de pulpo adormeciendo a sus larvas, levantaba la tierra, el polvo como los caballos galopando por la calle de noche.

Entonces lo veía atravesar la puerta de la calle, subir las escaleras, pasar por lo de los vecinos, llegar al umbral de casa, atravesarlo y sentarse en el único sillón que había en la otra pieza. Vivíamos en esas dos habitaciones. Durante el día mamá nos echaba a la calle y llegaban hombres que venían a buscarla. El hombre de la bolsa era diferente. No sólo porque viniera de noche, o porque amenazara llevarnos a mi hermana y a mí. El viejo medía más que el techo y tenía que agacharse para entrar en nuestro sitio. Pero venía y se quedaba ahí, aguardando a ver quién no se dormía. Mi hermana siempre estaba roncando antes que yo. Se quedaba ahí y no lo recuerdo bien, no lo recuerdo con palabras, pero podría jurar que mamá se ponía a llorar y le besaba las manos y los ojos como si fuese nuestro abuelo que volvía de una guerra que jamás conocí.

No, no conocí la guerra, me cansé de decirle a los nietos que germinaron de mis hijos. Pero la huelo. No me preguntes cómo se cocina esta tortilla, hagámosla juntas, dije a una de ellas en la casa de Banfield. Es una nena inquieta. La huelo como podrías olerla ahora, como vos tenés en la nariz el gusto de la muerte sin saberlo. Confiale al miedo cuando no te viene de la cabeza. Pero con respeto. Mis nietos a veces creen que estoy loca. Los quiero por eso. Me devuelven a este idioma, los años, rasgos de trabajo en la cara y esos meses de océanos a ciegas que niega el espejo.

Allá, mi cuerpo acurrucado como una sandía debajo de la manta que tenía enrollada por la otra punta mi hermana, vino a buscarnos muchas noches el hombre de la bolsa. Gruñía en la otra habitación, la boca le chorreaba de sangre de otros niños que habían muerto en la guerra y ahora corría el hambre. Venía a buscar hasta la casa, con su bolsa fétida, a quién no pudiera dormirse. Los ojos abiertos eran un faro que el viejo divisaba para capturar. Entonces apretaba mis párpados con toda la fuerza, el estómago, los puños y las rodillas contra el pecho como un repollo. A diferencia de los chicos de nuestra edad, mi hermana y yo, sabíamos que no habíamos nacidos de ningún repollo, sino de hombres que le pagaban a mamá. Pero era tan escaso el trabajo en ese tiempo que parecía un honor ser fruto ínfimo, migaja última del pan que los hombres ya no amasaban. Ni una sola noche faltó en nuestras cucharas sopa caliente y contundente.

Cuando mamá nos largaba a la calle perseguíamos perros callejeros, entrábamos en cloacas, pasábamos medianeras, cercos de plantas, subíamos a las terrazas, encontrábamos gatos de ojos amarillos y hasta nos metíamos en las cocinas de nuestras vecinas a ver si tenían galletas. Todo era una estrategia para huir del “hombre de la bolsa”. Por las noches, esas noches en las que mamá lo gestaba en su lengua y abría la boca para dejarlo salir, materializarse, sabía que tenía que ser más silenciosa que una hormiga. Muchas veces escuché ruidos en la otra habitación: daban vueltas los muebles, abrían alacenas, rompían cosas, rasgaban los almohadones. El viejo monstruo de la bolsa tomaba formas múltiples, se desdoblaba y crecía junto con el hambre de todos los hombres en el pueblo.

La madrugada que mamá nos levantó no sabíamos para qué. Todavía no había amanecido. Metimos adentro de la frazada todo lo que pudimos: el retrato del abuelo, un poco de pan, cacharros, el costurero, unas sábanas limpias, ropa y todo eso adentro de la valija. En pie, arriba. Me agarré al borde del colchón como si fuese una tabla en un naufragio, quería seguir, estaba soñando algo lindo y afuera ni siquiera había sol. Mamá me pegó una cachetada, no me acuerdo de otra vez que lo haya hecho. Salimos prendidas de sus manos. Nadie había en la calle. Nosotras todavía estábamos con la ropa de cama, debajo de los abrigos, sujetadas a las manos de mamá que tiraba como un caballo de carrera. Agarraba tan fuerte que dolía y nos arrastró a las corridas hasta donde terminaba la ciudad. El puerto. Nos encontramos rodeadas de gente con bolsos y valijas, y mi hermana lloraba porque había perdido un zapato en la corrida. En el medio del frío oí al barco gritar como una ballena blanca. La gente era toda susurros. Los que estaban en la fila por subir tenían la cara constreñida. Unos hombres miraban papeles que desdoblaban y volvían a doblar. Susurraban las dos mujeres que habían alcanzado a ponerse vestido de gala, un hombre con cara de furia a su compañero, la madre que abrazaba al chico de pocos años más que nosotras, los viejos de ojos amarillos que caminaban de la mano. Lo que decían quedaba atrapado en el aliento en el frío. Árido, el océano nos aguardaba con paciencia. Los fantasmas, demonios, promesas empezaron a quedar flotando sobre el muelle mientras subíamos. Espectros míseros como pañuelos.

Nos ubicamos en la parte más cerca del agua, en la bodega del barco, no había ventanas. La escena que acababa de presenciar ocupaba toda mi cabeza: un hombre había besado a mamá. Quizás fuera mi papá. La abrazó, ella seguía sujetándonos por las manos y con mi hermana quedamos balanceándonos a sus espaldas como las solapas de un abrigo que le volaran el viento. Tuve noches suficientes en ese viaje para reconstruir la cara del hombre, pero siempre era distinto. No como el viejo de la bolsa que tenía piernas nudosas, correosas, como un árbol del campo y raíces oscuras que no veía y me enterraban en el pánico. La cara de ese hombre se hacía borrosa porque no había foto, ni palabra, ni nombre y se parecía tanto a todos los que se acercaban de noche a mamá a suplicarle por sus novias, por sus esposas, por sus hijas y hasta por sus madres y abuelas. Le suplicaban con el aliento rancio y las uñas llenas de mugre que olía mucho peor que la mugre de nuestras uñas. Venían con un pedazo de pan entre las manos húmedas, o con el puño firme evocando unos batallones inconcebibles. Y hasta vinieron de los pisos de más arriba, marineros, a rogarle en los tobillos con la entrega devota como un grillete prendido a mamá. Pero ella no trabajó en el viaje. Por suerte había otras mujeres que por favores debidos o por estar sin cría salieron a poner sus huesos en la boca de los hambrientos.

Mamá se escondió en ella, no vimos el cielo por meses, y dejó de hablarnos. Movía la boca, los labios, de vez en cuando canturreaba cosas que no entendíamos. Había empezado a callar cuando por las tardes, mientras nosotras juntábamos hojas de laurel en los canteros de la calle, empezaron a llegar hombres que le hablaban a su oído en idiomas extranjeros.

En el barco, la noche caía cuando se apagaban las luces. Quedaban algunos faroles encendidos cuando un sujeto vino a adueñarse de mi hermana. Cerró un puño huesudo y firme sobre su pierna y la marrana empezó a gritar, los párpados apretados, tratando de zafarse del hombre de la bolsa. Yo lo vi, no era. El tipo tenía la barba negra y los ojos como sanguijuelas hundiéndose cada vez más en la cara. No cerré los míos, ni el menor deseo de dormirme, quería que el monstruo de la bolsa descubriera mis faros y decidiera arrebatarnos a las dos, llevarnos al mundo subterráneo donde se retorcía de insomnio mi abuelo. Aunque sea ahí.

Pero estábamos tan lejos de la tierra y de la Tierra que hay debajo de la tierra. Flotábamos sobre el agua, aunque no la viéramos, como habas hervidas en una sopa. Fue esa madrugada, después de arrancar a mi hermana de la mano esquelética, cuando mamá nos metió entre los pliegues de su vestido. Mientras dormíamos sacó sus enceres de costura. Durante el día y hasta la hora en que abrían la puerta de arriba para arrojarnos una bolsa de pan duro que hombres y mujeres se disputaban con saña, la vi coser. Cosernos. Sin decir una sola palabra fue hilvanando nuestros camisones a su vestido, hasta que terminamos completamente unidas. Pasamos a ser una masa humana indefinida, difícil de atracar. Un monstruo de tres cabezas. Fuimos la burla y la risa y algunos condenados nos perdonaron por ese chiste.

Me acuerdo que con mi hermana nos agarramos de las manos al principio esperando que pare, porque, aunque la aguja era lenta y rítmica como una nana, parecía que mamá nos estaba comiendo, que íbamos a quedar adentro de su panza. Cosía con los ojos entrecerrados como si se estuviera quedando dormida, como los sonámbulos. Y de noche, cuando el hombre que tenía la armónica se ponía a tocar y un joven flaco con pómulos de alfiletero, sacaba un acordeón que guardaba de día con llave, y los hombres y mujeres que parecían muertos acurrucados contra las paredes, revivían en canciones de ese idioma que hoy me causa escalofríos no recordar, ella seguía cosiendo con la lentitud con la que se levanta un ancla a mano, como si hubiese un hilo que aún nos atara al puerto del que habíamos salido. Oía el sonido de la aguja traspasando la tela, no sé si los otros lo percibían porque mientras ella fue cosiendo, construyendo ese capullo de oruga, nos fuimos alejando más y más de lo que ocurría en el resto de la gente. Nos cosió con el punto del bordado.

Una noche le dije, sin hablar, empujando mis pies contra su vientre dentro del tejido, que ya no éramos bebés y que el agua iba a taparnos, que no íbamos a llegar nunca a otro puerto. A mi pesar aprendí a estar adentro de la bolsa. No la bolsa del monstruo. Ella construyó una con nosotras adentro.

Mi hermana se acostumbró más fácil. Me hacía morisquetas y empezamos a jugar con las manos que quedaban en la superficie: pulseadas de dedo, pío, pío, pío, pá, piedra papel o tijera y otros que inventamos. Y no sé si fue por las cosquillas que empezamos a hacerle desde casi adentro de su carne, la risa que nos brotaba a mi hermana y a mí entre juegos a veces, no sé si fue el odio, el amasijo, el hartazo, el olor sobrenatural de los que morían cerca nuestro antes de que los llevaran a cubierta, la dificultosa tarea para ir al baño, los cantos por la noche, el idioma haciéndosenos cada vez más tosco en las muelas, el tiempo borrado de los relojes y de los gestos de los que ahí adentro estábamos. No sé qué fue. Una mañana desperté, las piernas acalambradas en mi bolsa y mamá había vuelto al hilo y la aguja. Había un sol naranja bordado sobre mi pecho.

Al día siguiente cosió unas nubes y un arcoiris sobre la panza de mi hermana. Otra mañana fueron gotas gruesas de lluvia verde. Después empezó a hacer flores y plantas sobre su pecho. Creí que estábamos llegando a la otra orilla: mamá bordaba gaviotas con hilo marrón sobre nosotras tres. Éramos un cuadro. Ella sonreía y con mi hermana la besamos copiosamente, sobre nosotras había una bandada de pájaros con ramitas en el pico. La costa. Dejé de pensar que mamá quería comernos. Dejé de pensar. Algunos hombres y mujeres se reían de nosotras. Pero no había ninguna ventana y al fin terminaron cediendo a los dibujos. Comí a cucharadas las historias que mamá había vuelto a contar.

Llegamos a la costa mucho antes de que se detuviera el barco: cuando los de arriba divisaron la línea de tierra en el horizonte. Con el final de la espera, allá, en los ojos, se derramó el vino y la caridad. Podía oírse música cada vez que se abría esa puerta, en la punta de la escalera, por donde entraba el marinero que nos traía las raciones. Uno de esos días trajo ollas con papas y cebollas y algo de guiso de carne.

Hacía mucho frío la mañana en que se detuvieron las máquinas. Volví a oír la sirena. Tenía las piernas acalambradas como una momia en una vasija. Nuestro vestido estaba completamente cubierto: lo último fueron siete flores verdes, cuatro naranjas y dos uvas (una de las flores tenía un pétalo violeta donde se le había terminado el hilo verde). Fuimos casi las últimas en salir. También estaban bordados nuestros nombres: Amalia, Marcela y el nombre de mamá, Rosalita. Todos teníamos los huesos muy débiles, algunos se habían muerto en el camino pero los habían subido para tirarlos al mar. Costaba levantarse. Oí los gritos empujándose por salir, los golpes torpes de zapatos por ganar la escalera.

Bajamos del barco envueltas en la frazada, escondiendo el vestido. Nos salía vapor de la boca cuando respirábamos. Para llegar al muelle teníamos que atravesar una pasarela de madera. Mamá nos cargaba y se tambaleó varias veces. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro. A mi espalda, la tierra nueva se oía llena de gente. Veía el barco que nos había tenido adentro. Cuando partimos la niebla y la madrugada, me habían ocultado sus facciones. Tenía un gesto bonachón, era un barco respetable. Pero nosotras habíamos estado en un lugar oculto, como debajo de las uñas. Vi los hombres que quedaban arriba del barco. Marineros. Vestían de marrón, áspero por la sal y el viento, gorros gruesos y guantes. Despachaban el equipaje. Los saludé con la mano mientras mamá pisaba ya el muelle. Uno me vio, levantó su mano y al alzar la cara hizo la mueca de una sonrisa, el sol le brilló en los dientes como una guadaña.

Apreté la cara contra mamá y cerré fuerte los ojos.

Todavía veo la bolsa inmensa que sujetaba con la otra mano. Ahí adentro, sé, está todavía atrapado mi otro idioma.*





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* Este relato ganó el Premio Internacional de cuentos Horacio Quiroga en el año 2008.

sábado 2 de febrero de 2008

Imagen y texto de contratapa de Mil Clavados



Este libro es el fruto de una búsqueda.
Un fruto de color azul como sólo se ve en las plumas de algunas aves tropicales. Al tacto es ligeramente aterciopelado, superficie que vulgarmente suele llamarse “piel de ceniza”. Si le realizamos un corte transversal con un cuchillo plano, veremos su carne blanca con numerosos filamentos de color fucsia furioso que se unen en el centro. Una pulpa firme que se deshace en la boca como carne humana cocida durante horas en jugo de arándanos. Es preciso tener cuidado a la hora de morderlo, podría manchar la boca del comensal. Su jugo es torrencial, de un color naranja-rosado, destilación producida por los filamentos que se diseminan en el interior. Estas hebras eran usadas en la Antigua Persa para teñir las alfombras sobre las que se recostaba el harén.
El fruto posee siete semillas entre la pulpa, negras como la tinta con que la imprenta da cuerpo a las palabras. Una advertencia: son peligrosamente fértiles. No se recomiendan germinaciones al estilo del poroto. Quien plantara una, debería procurar quedarse despierto velando el crecimiento. En cualquier instante de descuido los brotes podrían empezar a salir y tomar su casa entera, en un santiamén.
Este fruto huele a los lugares donde fue plantado (tierras extremadamente áridas y desérticas que inhiben su avance estrepitoso). Este fruto que al nacer forma un oasis en algún desierto, se halla ahora en nuevas manos.
El sabor, lectores, es su reino.

CUENTO: El precio de la pulpa






"El precio de la pulpa"

El enchastre es mordaz, caballeresco, ultramarino, carnívoro. Las mujeres gordas son despreciablemente hermosas, las envidio tanto que quiero morderlas hasta que se desinflen. Lo bueno es que yo no tengo prejuicio de mi propia envidia, me place violentamente ser envidiosa porque confío descaradamente en mis modales. El refinamiento de las costumbres transforma toda la actitud de una. Porque, por ejemplo: yo envidio a esa gordita, casi podríamos decir obesa, que vive enfrente de casa. La envidio rabiosa y apasionadamente los domingos, cuando sale de la casa lentamente, moviéndose de costado para no quedarse atorada en la puerta. Y sobre todo los domingos soleados, cuando sale con esa sombrilla a rayas naranja y blanca para cubrirse del sol, que aunque sea una sombrilla playera no alcanza para taparla toda, ese paragüitas que parece de cotillón en las manos de la mujer inmensa, hecho de lona gruesa y flecos en las puntas, esa herramienta poderosa, símbolo de gloria entre las chicas pulpetonas del barrio, como salir con un arma o con un anillo de compromiso. Porque todas sabemos –especialmente yo que vivo enfrente y la miro por entre las rejitas de la persiana, sedienta y excitada–, todas sabemos que el anillo viene acompañado del hombre y la sombrilla naranja y blanca viene acompañada de ese solerito jamaiquino confeccionado y fabricado por ella misma, con sus propias manos de alfiletero mullido. Una prenda exquisita, como para hacer rabiar a Margaret Thatcher, porque la exhuberancia del dinero no es nada al lado de la exhuberancia de las carnes cuando están bien aprisionadas en la materia de seda, tan finita, amenazando la explosión amazona de la hembra compactada en una jungla de colores chillones, la tela siempre a punto de rasgarse, amenazando el estallido de los botones en cualquier momento, amenazando la erupción del volcán de tetas y caderas cuando se desate el lacito terminado en moño atado a la cintura mundial.
Aunque ninguna de nosotras sabe de la delicada suavidad de esas carnes abundantes cuando –libres de todo vestido, enagua y ropita– se rozan con el cuerpo flaquísimo de su marido. Con una puntillosidad de costurera imagino que la mujer va cosiendo su encuentro, por miedo a arrojarle el peso del mundo entero que lleva en su cuerpo, se acerca primero haciéndose diminuta en el contacto, tic, tic, como una mariposa. En extremo conteniéndose porque ella se sabe oceánica y el cuerpo se expande con el calor, y como una represa gigantesca agrietándose, a punto de inundar siete ciudades, cuando el hombrecito que parece hecho de alfileres la pincha con una invitación, un desafío, la tienta con un bocadillo o tira del lacito larguísimo que le embellece su cinturita-cinturón industrial.

En este punto debo detenerme. Es que estuve detenida hace mucho. Resguardando de mi visión la maravilla de la gordura. Desde que desperté esta mañana en la cama inmensa. Mi marido se fue por trabajo ayer a la tarde. Desperté esta mañana... o quizás antes, a la madrugada, y la cama me quedaba gigante. Tan holgadas me quedaban las sábanas que mi cuerpecito podría haber bailado el lago de los cisnes ahí adentro y nadie, desde afuera, hubiese notado más que un híbrido movimiento de sábanas. Siempre fui ese tipo de personas que se nutren con poco, el alimento nunca fue más que un medio para mantenerme en pie. Y ahora cada vez que la veo no puedo dejar de mirarla: es obscena, desafiantemente tentadora, la gorda. Verla ahí afuera bajo su sombrilla naranja me produce un vacío devorador en la boca del estómago. Me desperté por el hambre. No sé qué había soñado, no importaba. Tampoco sabía qué había cenado y eso sí me importaba sobremanera porque estaba implorando que hayan quedado restos, algo. Me levanté llorando de las ganas de comer. Tenía las encías duras y el corazón palpitante en la parte baja de la garganta. Con el hambre como una deuda ahuecada en los huesos, me apresté a la cocina. Pretendía pisar fuerte y me rabiaban las tripas, injustamente diminutas, al escuchar el ruido, casi imperceptible, de mis pasos, como si fueran hojas secas cayendo, una cosita de nada, un ruidito poco agraciado por los pesares de la vida. Como si nunca me hubiese sucedido nada en este mundo yo caminaba liviana, aireada, ligth. Comer hasta transformarme era lo que iba a hacer. Dejaría de ser una muñequita hecha de piolines de pizza y pasaría a ser... no sé, cualquier cosa, un camión, una bestia, un animal, un desparrame de mujer por todos lados.
Comencé a alimentarme con lo que contenían las alacenas, abrí todas las latas de conserva, dándole fin a la espesura de las lentejas, la grumosidad de los garbanzos, la aromática correosidad de las sardinas. Abrí la heladera y los cajones. Los comestibles abiertos fueron los primeros que hice desaparecer. De a poco fui preparando y cocinando todos y cada uno de los ingredientes que tenía en la casa. Mi estómago no tenía principios y estuve metiendo en mi deseo de boca gorda kilos y kilos de helado, pollos enteros, fritos en el líquido colesteroso, hirviente, burbujeante. Oleaginosamente comí facturas, hasta las del teléfono y del gas, una docena entera, engullí sin juicio ni perdón, con obediencia rigurosa y servicio me dediqué al alimento, mastiqué al ritmo del trote de los caballos que van a la guerra, quebranté horarios y desvanecí de sueño por abocarme a mi tarea constante como una alumna desesperadamente oscura que quiere dejar la “a” y empezar a ser lumna, luminosa. Gordísima, comí harinas y carnes, dulces y bombones, frutas, verduras, cereales, comí salsas y sopas, carnes de todos los colores, comí masas y tartas, hortalizas, legumbres, galletitas, panes, mayonesas, hasta que ya no quedó nada en mi casa. Comí mis propias plantas, las que con tanto esfuerzo había cultivado en mi jardín y estaban grandes y pulposas. Realmente disfruté ese platillo, haciendo en milanesa fetas de los cactus que habían tardado siete años en crecer trece centímetros. Me comí mis rosas en buñuelitos, acompañados de una pastita que hice con las hojas de la planta de la moneda, esa que crecía por todos lados y me prometía la riqueza eterna. Pero quién quiere ser millonaria cuando la balanza te arroja como una catapulta por debajo de la línea de la pobreza, siete kilos más flaca de lo normal, humillantemente a ras del piso. Aunque muchas de mis plantas me resultaron menos sabrosas o más amargas de lo que creía, utilicé las otras plantas, las de la huerta, las especias para fabricarles con sus propias hermanas un sabor refinado, groseramente disonante que al menos me producía el éxtasis de la extravagancia en la boca mientras me envolvía la lengua de prometidos kilos para llenar mi alma de carne y consistencia. Entonces usaba el orégano y la salvia de la huerta para condimentar los geranios y las begonias, mezclaba en frituras la aspereza de las hojas de palmera y las de helecho con la frescura de la menta y algunas hojas de laurel. De a poco me fui comiendo todo el jardín, cuando hube terminado con las hojas cociné los tallos y los troncos, hasta acabarlos también. Y pasé a la tierra: geofagia. Sin pensarlo, cociné panes de tierra buscando las lombrices y bichitos que hubiera para darle algo más de sabor. Y cuando quedaron sólo las raíces las devoré sin cocción alguna, las roí animalmente como un castor para construir mi casa, para engordar mis caderas y darle un poco de cuerpo a mi delgado y escaso pasar por la vida.
Y no me amedrenté ante la contemplación de la catástrofe. Mi marido estaba fuera de la ciudad y no volvería hasta el lunes. Quizás si él hubiese estado presente, al menos me hubiese dado culpa o hubiese tenido que excusarme diciéndole que todo era para que pudiese abrazarme mejor o alguna tontería por el estilo. Si los dos sabíamos que esas tonterías eran las únicas que nos mantenían juntos, la suyas o las mías. Creo que no teníamos más que la rutina detrás de las dos o tres de locura que nos regábamos el uno al otro.
Pero como él no estaba, no tuve ni que pensarlo. No tuve ni que pensar que en el fondo era bueno lo que estaba haciendo. Eso sí, tuve que verlo, ese fue un impulso que no pude refrenar con nada. Un gesto que me vino desde los tiempos de los tiempos, amén, un movimiento: darme vuelta a ver mi jardín completamente vaciado, absorbido, devorado, arrasado, negro, con los rastros de la tierra, un pozo oscuro y convulsionado donde hasta hacía unas horas había sido todo verde y rojo y estridentemente húmedo. Me di vuelta, un gesto que me vino, atravesando generaciones y generaciones, pasando por mi madre y por mi abuela y por mi tátara abuela y tátara tátara, hasta el comienzo del mundo y de la historia, desde el Viejo Testamento me atropelló el gesto de la mujer de Lot. Me di vuelta a contemplar la catástrofe.
Duró sólo un momento. Lo vi todo. Y cometí el arrebato inmoral de quebrar la Biblia. No me convertí en sal. Había algo que me salvaba de hundirme en la propia tumba, literal, que yo había cavado con mi boca, con mis dientes, devorando la tierra. Había algo. Yo deseaba. Deseaba como nada en el mundo decorar mis huesos de abundante carne aterciopelada que se bambolea en pliegues de blanda y movediza materia grasa.
Así que corrí deliberadamente sin detenerme en ningún espejo, porque sabía que aún debía darle tiempo a mi metabolismode acostumbrarse a la rabiosa exhuberancia de la ingesta. Corrí hasta el placard y junté entre mis brazos todos los zapatos y camperas de cuero y los llevé a la cocina. Afortunadamente, con la urgida fortuna que le dieron los días de pobreza a nuestras necesidades, soy extremadamente habilidosa con los condimentos. Sabía perfectamente que podía convertir una bota de cuero viejo en algo, digamos, respetablemente comestible.

Y cuando estaba poniendo una olla gigante en el fuego, me atrevo a subir la vista, a reconstruir el horizonte a la altura de mis ojos, construyendo una línea finísima que atraviesa las varillas de la persiana y llega directo hasta el otro lado de la calle. Justo enfrente. La puerta pequeña de mi vecina tremenda. Abriéndose.

Entonces la veo, la miro como si supiera su secreto. La hago cómplice de mi deseo. Por un segundo, la culpo de mi catástrofe. La veo doblarse para pasar por la portezuela. La veo acomodarse la pollera que ya apenas con un par de pasos se le había subido, porque las carnes aprietan y la tela se encoge en el cuerpo. La veo rozagante arremolinarse el pelo bajo los rayos del sol. Y prepararse para abrir la sombrilla gigante. Y la abre. Se cubre como puede, le queda el culo afuera, asoleándose inevitable, ese culo balcón en el que tantos chicos podrían subirse para dar un paseo y con cuidado de no resbalarse por la raya a ver si jugamos a las escondidas y se queda un amiguito perdido adentro, escondido. “Es que no lo encontramos más”, le dirían los otros a sus padres. “Se escondió en un lugar secreto y yo dije pica para todos los compas pero no apareció”. Y quizás se pasarían semanas buscando al niñito escondido, los padres y todo el pueblo, aplaudiendo por las calles como si fuera una playa, buscando al vivaracho que se escondió nosédonde. Hasta que algún padre desesperado en el ímpetu de buscar y pegar carteles de “buscado” en los postes, pegaría también, por qué no, en algún momento que se quedara quieta, un cartel en el culo de la gorda. Seguramente ignorando que se trataba de una persona la gran masa esa cuando se queda quieta. Porque la gorda, y hay que decirlo, la gorda cuando se queda torrada roncando en un banco de la plaza se transforma en montaña maciza indescifrable, abandona todo el porte de su cuerpo y se convierte en decorado de almohadones floridos para los bancos de la plaza. Entonces el tipo, con la visión hecha una nube, mirando con la desesperada inocencia del resignado, lo veo ir hasta la gorda y pegarle un cartel en el culo.

-------------------------Niño perdido----------------------------
-----------------------***SE BUSCA***--------------------------
-------------------------Pepito volvé-----------------------------
---Mamá te preparó torta de chocolate y mucho Nesquikc----
---------------Para navidad te regalamos un perro--------------
-----------------El vecino ya devolvió tu bici--------------------

Y leyendo eso, el niñito, con lectura dificultosa de primero o segundo grado, palabra por palabra, trabucándose en las que tiene muchas sílabas, empieza a hacerle cosquillas a la ballena que lo ha tragado hasta que por fin la gorda se bambolea, se contonea: el padre se sobresalta, mira la masa femenina en su exhuberancia despertando desde las profundidades y en eso un poroto que había comido al medio día (la gorda) le hace efecto y el chiquito sale despedido-barrenando en un pedo de amor filial que lo devuelve a los brazos de su padre y se abrazan llorosos, con las caras todas arrugadas del llanto y del olor a pedo.
“¡Ay!” Se me escapó un alaridito en voz alta. Y temí por mi maternidad. ¿Qué ocurriría si yo dando de mamar a mi hijo en un descuido lo ahogara entre mis tetas? Sé que el instinto maternal no permite ciertas cosas. Pero también intuyo, maternalmente, que el instinto asesino no necesita permiso alguno.
Entonces recordé el jardín. Y los años que estuvimos cuidándolo y trabajándolo con José, mi marido, mi hombre, mi compañero, mi jardinero. Las veces que nos sentamos a contemplar cada hallazgo, cada regalo, un brotecito, las primeras flores de la primavera, la recuperación de una que se había agarrado no sé qué peste, o ese naranjo guacho que salió en el fondo sin que nadie lo plantara y chiquito y todo ya había empezado a sacar azahares.
Por primera vez percibí mi panza hinchadísima, yo había estado sorda y ahora escuchaba la sinfonía de una civilización derrumbándose adentro de mi estómago. Los escombros se revolvían acá dentro mío, agonizaban las últimas lombrices en un grito de sirena desde las profundidades de mi mar de ácidos gástricos. Tenía el cuerpo hecho un lamento:

–José, me comí toda la primavera. Y no quedan ni las sobras. Yo te juro que quería el verano eterno, exuberante, grandioso. Pero soy más flaca que caducifolia en invierno, me atacó la helada, un vendaval, cambio climático repentino. José, ¿cómo voy a hacer para juntar las hojas de todo este otoño?

Aunque quizás no tenga que juntar nada. José también mira a la gorda de enfrente conmigo. Le encanta. Más de una vez fue a arreglar el jardín de mi vecina y llegó a contarme de sus vestiditos de entrecasa. Él está más cerca de su peso que del mío. Y lo pude ver, también, ladear su enorme figura al salir de la puerta chica de ella. Rozagante bajo el rayo del sol.

Hasta ahora fue demasiado vegetariano mi festín. Creo que necesito todavía algunas proteínas más. Carne. Voy a preparar la mesa para cuando venga José. Plato para uno y la olla más grande que tenga. También puedo usar el horno. El golpe de gracia es lo más sencillo, hacia ahí me dirijo, hacia el sacro besito escueto que me da cuando llega. En esa generosa e indiferente indulgencia se hundirá la mano mía que lo toma de la nuca en el acto del beso, con un cuchillito de cocina.*



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*Este cuento está incluido en libro "Narradoras Argentinas" traducido al alemán y editado por Marion Dic. para la Feria Internacional del Libro, Frankfurt, 2010.



CUENTO EN VERSOS: eso del verano en el campo


eso del verano en el campo

Mamá si podía me pegaba
La abuela no era sí
la abuela era Distinta
me acuerdo bien
tengo la cara, los gestos de ella claritos
nítidos mejor que una foto.
La abuela esgrimía y cosía
entre palabras y esos gestos suyos tan inocentes
y elaborados
el traje necesario
para que yo estuviera a la altura de mi abuelo
cuando él llegara de su faena.
Aunque hubiese estado jugando carreras de cascarudos toda la tarde
o aunque me hubiese quedado tonto como una nena
mirando bailar a los renacuajos
en el fondo del tanque australiano,
cuando llegaba a lo de la abuela
ella me limpiaba la cara
con la punta del delantal.
Me decía
“tontito”
al principio cuando llegaba,
pero era sólo la manera más cómoda
para condecorarme caballero real,
señor limpio y distinguido
que se apresta a esperar
a otro señor limpio y distinguido
intercambiarse saludos y
compartir un vermut,
unos tentempiés antes de la cena con el gran patriarca.
Porque cuando llegaba el abuelo
ella nos traía dos vasos
y después el abuelo me servía un culito de fernet,
a mí, en el vaso.
Yo sabía eso.
Él
me servía porque ella
traía dos vasos.
Previo me recibía, a mí solo
(yo llegaba un rato antes de que llegara su marido)
y me acomodaba la ropa
y me llenaba el cuello de besos
y palabras perfumadas de importancia como
condecoraciones de la realeza.
Yo quedaba hecho
todo un hombre
de sangre de la familia por línea directa para
esperar a mi abuelo.
Mi abuela me dejaba ahí tranquilo,
mientras se apuraba a preparar un postre especial para que yo los acompañara con la comida.
Y me quedaba sentado en la galería
con las piernas colgando de la reposera y la mirada
bien clavada en el horizonte,
como una pala que no iba a dejar de cavar en ese sitio
hasta que viera a mi abuelo salir,
aparecer de la nada y de la tierra,
montado en el caballo
compañero
en el que yo había aprendido a andar una vez.
Avanzaba,
haciendo crecer su figura
de diminuta a cada vez más grande
y más,
trayendo el sudor del día entero
de haber trabajado la tierra, arrastrando
el cansancio que hacía galopar al animal de memoria hasta la tranquera.
El caballo y mi abuelo
volvían los dos
con los ojos cerrados cuando termina el día,
no necesitaban mirar nada, ni podían,
volvían con el instinto de
a beber un poco de agua y llegar.
Llegar a la palma de su mano
su sillón
ese beso
una mujer
el mate que estire el hambre hasta que esté la cena.

Y si en eso se encontraba con el nieto,
era despiadado
¿de dónde le salía el humor a esa hora de la tarde?
Pero si yo
sabía que se había levantado antes que el sol y que los gallos
¿cómo tenía la impudicia de sentarme a esperarlo vivo a esa hora?
Pero cuando el viejo me divisaba
ahí sentado en la galería,
cuando abría un poco los ojos,
unos dos metros antes de llegar a la casa
y me veía,
dejaba derrumbar los estribos y
la sabiduría sudorosa y
llena de tierra se le resbalaba y
se convertía en
mi abuelo.

Y me decía,
antes de que yo le dijera nada él me decía:
“Hola abuelo”
y yo me reía y le decía “Hola abuelo loro”.
Entonces también yo
me transformaba un poco en el abuelo
y nos permutábamos los lugares
como cuando jugábamos a la paleta en verano.