sábado 2 de febrero de 2008



Natalí Tentori + Carolina Andreeti
relatos . . . . . . . . . . imágenes

CONTRATAPA

Este libro es el fruto de una búsqueda.
Un fruto de color azul como sólo se ve en las plumas de algunas aves tropicales. Al tacto es ligeramente aterciopelado, superficie que vulgarmente suele llamarse “piel de ceniza”. Si le realizamos un corte transversal con un cuchillo plano, veremos su carne blanca con numerosos filamentos de color fucsia furioso que se unen en el centro. Una pulpa firme que se deshace en la boca como carne humana cocida durante horas en jugo de arándanos. Es preciso tener cuidado a la hora de morderlo, podría manchar la boca del comensal. Su jugo es torrencial, de un color naranja-rosado, destilación producida por los filamentos que se diseminan en el interior. Estas hebras eran usadas en la Antigua Persa para teñir las alfombras sobre las que se recostaba el harén.
El fruto posee siete semillas entre la pulpa, negras como la tinta con que la imprenta da cuerpo a las palabras. Una advertencia: son peligrosamente fértiles. No se recomiendan germinaciones al estilo del poroto. Quien plantara una, debería procurar quedarse despierto velando el crecimiento. En cualquier instante de descuido los brotes podrían empezar a salir y tomar su casa entera, en un santiamén.
Este fruto huele a los lugares donde fue plantado (tierras extremadamente áridas y desérticas que inhiben su avance estrepitoso). Este fruto que al nacer forma un oasis en algún desierto, se halla ahora en nuevas manos.
El sabor, lectores, es su reino.

configuración



Los relatos son de Natalí Tentori, la misma que viste y calza, publicó un cuento en UNA TERRAZA PROPIA, Ed. Norma. Formó parte de Nancy Doméstica (performances), Guacha Editora (publicaciones visuales y sonoras, independientes). Estudió (hasta cierto punto) Historia del Arte, ahora estudia Medicina Tradicional China. Se formó en el taller de poesía de Margarita Roncarolo y luego en el taller de narrativa de Alberto Laiseca. Fue invitada a las lecturas Mánticas del Ciclo Carne Argentina. Este libro sale con un subsidio otorgado por el Fondo de Cultura de Buenos Aires, el apoyo de los amigos y el desencadenamiento inevitable de los sucesos.

Las imágenes son de Carolina Andreeti experimentada y multifacética artista plástica. Acá su currículum y acá su página web.




El enchastre es mordaz, caballeresco, ultramarino, carnívoro. Las mujeres gordas son despreciablemente hermosas, las envidio tanto que quiero morderlas hasta que se desinflen. Lo bueno es que yo no tengo prejuicio de mi propia envidia, me place violentamente ser envidiosa porque confío descaradamente en mis modales. El refinamiento de las costumbres transforma toda la actitud de una. Porque, por ejemplo: yo envidio a esa gordita, casi podríamos decir obesa, que vive enfrente de casa. La envidio rabiosa y apasionadamente los domingos, cuando sale de la casa lentamente, moviéndose de costado para no quedarse atorada en la puerta. Y sobre todo los domingos soleados, cuando sale con esa sombrilla a rayas naranja y blanca para cubrirse del sol, que aunque sea una sombrilla playera no alcanza para taparla toda, ese paragüitas que parece de cotillón en las manos de la mujer inmensa, hecho de lona gruesa y flecos en las puntas, esa herramienta poderosa, símbolo de gloria entre las chicas pulpetonas del barrio, como salir con un arma o con un anillo de compromiso. Porque todas sabemos –especialmente yo que vivo enfrente y la miro por entre las rejitas de la persiana, sedienta y excitada–, todas sabemos que el anillo viene acompañado del hombre y la sombrilla naranja y blanca viene acompañada de ese solerito jamaiquino confeccionado y fabricado por ella misma, con sus propias manos de alfiletero mullido. Una prenda exquisita, como para hacer rabiar a Margaret Thatcher, porque la exhuberancia del dinero no es nada al lado de la exhuberancia de las carnes cuando están bien aprisionadas en la materia de seda, tan finita, amenazando la explosión amazona de la hembra compactada en una jungla de colores chillones, la tela siempre a punto de rasgarse, amenazando el estallido de los botones en cualquier momento, amenazando la erupción del volcán de tetas y caderas cuando se desate el lacito terminado en moño atado a la cintura mundial.
Aunque ninguna de nosotras sabe de la delicada suavidad de esas carnes abundantes cuando –libres de todo vestido, enagua y ropita– se rozan con el cuerpo flaquísimo de su marido. Con una puntillosidad de costurera imagino que la mujer va cosiendo su encuentro, por miedo a arrojarle el peso del mundo entero que lleva en su cuerpo, se acerca primero haciéndose diminuta en el contacto, tic, tic, como una mariposa. En extremo conteniéndose porque ella se sabe oceánica y el cuerpo se expande con el calor, y como una represa gigantesca agrietándose, a punto de inundar siete ciudades, cuando el hombrecito que parece hecho de alfileres la pincha con una invitación, un desafío, la tienta con un bocadillo o tira del lacito larguísimo que le embellece su cinturita-cinturón industrial.

En este punto debo detenerme. Es que estuve detenida hace mucho. Resguardando de mi visión la maravilla de la gordura. Desde que desperté esta mañana en la cama inmensa. Mi marido se fue por trabajo ayer a la tarde. Desperté esta mañana... o quizás antes, a la madrugada, y la cama me quedaba gigante. Tan holgadas me quedaban las sábanas que mi cuerpecito podría haber bailado el lago de los cisnes ahí adentro y nadie, desde afuera, hubiese notado más que un híbrido movimiento de sábanas. Siempre fui ese tipo de personas que se nutren con poco, el alimento nunca fue más que un medio para mantenerme en pie. Y ahora cada vez que la veo no puedo dejar de mirarla: es obscena, desafiantemente tentadora, la gorda. Verla ahí afuera bajo su sombrilla naranja me produce un vacío devorador en la boca del estómago. Me desperté por el hambre. No sé qué había soñado, no importaba. Tampoco sabía qué había cenado y eso sí me importaba sobremanera porque estaba implorando que hayan quedado restos, algo. Me levanté llorando de las ganas de comer. Tenía las encías duras y el corazón palpitante en la parte baja de la garganta. Con el hambre como una deuda ahuecada en los huesos, me apresté a la cocina. Pretendía pisar fuerte y me rabiaban las tripas, injustamente diminutas, al escuchar el ruido, casi imperceptible, de mis pasos, como si fueran hojas secas cayendo, una cosita de nada, un ruidito poco agraciado por los pesares de la vida. Como si nunca me hubiese sucedido nada en este mundo yo caminaba liviana, aireada, ligth. Comer hasta transformarme era lo que iba a hacer. Dejaría de ser una muñequita hecha de piolines de pizza y pasaría a ser... no sé, cualquier cosa, un camión, una bestia, un animal, un desparrame de mujer por todos lados.
Comencé a alimentarme con lo que contenían las alacenas, abrí todas las latas de conserva, dándole fin a la espesura de las lentejas, la grumosidad de los garbanzos, la aromática correosidad de las sardinas. Abrí la heladera y los cajones. Los comestibles abiertos fueron los primeros que hice desaparecer. De a poco fui preparando y cocinando todos y cada uno de los ingredientes que tenía en la casa. Mi estómago no tenía principios y estuve metiendo en mi deseo de boca gorda kilos y kilos de helado, pollos enteros, fritos en el líquido colesteroso, hirviente, burbujeante. Oleaginosamente comí facturas, hasta las del teléfono y del gas, una docena entera, engullí sin juicio ni perdón, con obediencia rigurosa y servicio me dediqué al alimento, mastiqué al ritmo del trote de los caballos que van a la guerra, quebranté horarios y desvanecí de sueño por abocarme a mi tarea constante como una alumna desesperadamente oscura que quiere dejar la “a” y empezar a ser lumna, luminosa. Gordísima, comí harinas y carnes, dulces y bombones, frutas, verduras, cereales, comí salsas y sopas, carnes de todos los colores, comí masas y tartas, hortalizas, legumbres, galletitas, panes, mayonesas, hasta que ya no quedó nada en mi casa. Comí mis propias plantas, las que con tanto esfuerzo había cultivado en mi jardín y estaban grandes y pulposas. Realmente disfruté ese platillo, haciendo en milanesa fetas de los cactus que habían tardado siete años en crecer trece centímetros. Me comí mis rosas en buñuelitos, acompañados de una pastita que hice con las hojas de la planta de la moneda, esa que crecía por todos lados y me prometía la riqueza eterna. Pero quién quiere ser millonaria cuando la balanza te arroja como una catapulta por debajo de la línea de la pobreza, siete kilos más flaca de lo normal, humillantemente a ras del piso. Aunque muchas de mis plantas me resultaron menos sabrosas o más amargas de lo que creía, utilicé las otras plantas, las de la huerta, las especias para fabricarles con sus propias hermanas un sabor refinado, groseramente disonante que al menos me producía el éxtasis de la extravagancia en la boca mientras me envolvía la lengua de prometidos kilos para llenar mi alma de carne y consistencia. Entonces usaba el orégano y la salvia de la huerta para condimentar los geranios y las begonias, mezclaba en frituras la aspereza de las hojas de palmera y las de helecho con la frescura de la menta y algunas hojas de laurel. De a poco me fui comiendo todo el jardín, cuando hube terminado con las hojas cociné los tallos y los troncos, hasta acabarlos también. Y pasé a la tierra: geofagia. Sin pensarlo, cociné panes de tierra buscando las lombrices y bichitos que hubiera para darle algo más de sabor. Y cuando quedaron sólo las raíces las devoré sin cocción alguna, las roí animalmente como un castor para construir mi casa, para engordar mis caderas y darle un poco de cuerpo a mi delgado y escaso pasar por la vida.
Y no me amedrenté ante la contemplación de la catástrofe. Mi marido estaba fuera de la ciudad y no volvería hasta el lunes. Quizás si él hubiese estado presente, al menos me hubiese dado culpa o hubiese tenido que excusarme diciéndole que todo era para que pudiese abrazarme mejor o alguna tontería por el estilo. Si los dos sabíamos que esas tonterías eran las únicas que nos mantenían juntos, la suyas o las mías. Creo que no teníamos más que la rutina detrás de las dos o tres de locura que nos regábamos el uno al otro.
Pero como él no estaba, no tuve ni que pensarlo. No tuve ni que pensar que en el fondo era bueno lo que estaba haciendo. Eso sí, tuve que verlo, ese fue un impulso que no pude refrenar con nada. Un gesto que me vino desde los tiempos de los tiempos, amén, un movimiento: darme vuelta a ver mi jardín completamente vaciado, absorbido, devorado, arrasado, negro, con los rastros de la tierra, un pozo oscuro y convulsionado donde hasta hacía unas horas había sido todo verde y rojo y estridentemente húmedo. Me di vuelta, un gesto que me vino, atravesando generaciones y generaciones, pasando por mi madre y por mi abuela y por mi tátara abuela y tátara tátara, hasta el comienzo del mundo y de la historia, desde el Viejo Testamento me atropelló el gesto de la mujer de Lot. Me di vuelta a contemplar la catástrofe.
Duró sólo un momento. Lo vi todo. Y cometí el arrebato inmoral de quebrar la Biblia. No me convertí en sal. Había algo que me salvaba de hundirme en la propia tumba, literal, que yo había cavado con mi boca, con mis dientes, devorando la tierra. Había algo. Yo deseaba. Deseaba como nada en el mundo decorar mis huesos de abundante carne aterciopelada que se bambolea en pliegues de blanda y movediza materia grasa.
Así que corrí deliberadamente sin detenerme en ningún espejo, porque sabía que aún debía darle tiempo a mi metabolismode acostumbrarse a la rabiosa exhuberancia de la ingesta. Corrí hasta el placard y junté entre mis brazos todos los zapatos y camperas de cuero y los llevé a la cocina. Afortunadamente, con la urgida fortuna que le dieron los días de pobreza a nuestras necesidades, soy extremadamente habilidosa con los condimentos. Sabía perfectamente que podía convertir una bota de cuero viejo en algo, digamos, respetablemente comestible.

Y cuando estaba poniendo una olla gigante en el fuego, me atrevo a subir la vista, a reconstruir el horizonte a la altura de mis ojos, construyendo una línea finísima que atraviesa las varillas de la persiana y llega directo hasta el otro lado de la calle. Justo enfrente. La puerta pequeña de mi vecina tremenda. Abriéndose.

Entonces la veo, la miro como si supiera su secreto. La hago cómplice de mi deseo. Por un segundo, la culpo de mi catástrofe. La veo doblarse para pasar por la portezuela. La veo acomodarse la pollera que ya apenas con un par de pasos se le había subido, porque las carnes aprietan y la tela se encoge en el cuerpo. La veo rozagante arremolinarse el pelo bajo los rayos del sol. Y prepararse para abrir la sombrilla gigante. Y la abre. Se cubre como puede, le queda el culo afuera, asoleándose inevitable, ese culo balcón en el que tantos chicos podrían subirse para dar un paseo y con cuidado de no resbalarse por la raya a ver si jugamos a las escondidas y se queda un amiguito perdido adentro, escondido. “Es que no lo encontramos más”, le dirían los otros a sus padres. “Se escondió en un lugar secreto y yo dije pica para todos los compas pero no apareció”. Y quizás se pasarían semanas buscando al niñito escondido, los padres y todo el pueblo, aplaudiendo por las calles como si fuera una playa, buscando al vivaracho que se escondió nosédonde. Hasta que algún padre desesperado en el ímpetu de buscar y pegar carteles de “buscado” en los postes, pegaría también, por qué no, en algún momento que se quedara quieta, un cartel en el culo de la gorda. Seguramente ignorando que se trataba de una persona la gran masa esa cuando se queda quieta. Porque la gorda, y hay que decirlo, la gorda cuando se queda torrada roncando en un banco de la plaza se transforma en montaña maciza indescifrable, abandona todo el porte de su cuerpo y se convierte en decorado de almohadones floridos para los bancos de la plaza. Entonces el tipo, con la visión hecha una nube, mirando con la desesperada inocencia del resignado, lo veo ir hasta la gorda y pegarle un cartel en el culo.

-------------------------Niño perdido----------------------------
-----------------------***SE BUSCA***--------------------------
-------------------------Pepito volvé-----------------------------
---Mamá te preparó torta de chocolate y mucho Nesquikc----
---------------Para navidad te regalamos un perro--------------
-----------------El vecino ya devolvió tu bici--------------------

Y leyendo eso, el niñito, con lectura dificultosa de primero o segundo grado, palabra por palabra, trabucándose en las que tiene muchas sílabas, empieza a hacerle cosquillas a la ballena que lo ha tragado hasta que por fin la gorda se bambolea, se contonea: el padre se sobresalta, mira la masa femenina en su exhuberancia despertando desde las profundidades y en eso un poroto que había comido al medio día (la gorda) le hace efecto y el chiquito sale despedido-barrenando en un pedo de amor filial que lo devuelve a los brazos de su padre y se abrazan llorosos, con las caras todas arrugadas del llanto y del olor a pedo.
“¡Ay!” Se me escapó un alaridito en voz alta. Y temí por mi maternidad. ¿Qué ocurriría si yo dando de mamar a mi hijo en un descuido lo ahogara entre mis tetas? Sé que el instinto maternal no permite ciertas cosas. Pero también intuyo, maternalmente, que el instinto asesino no necesita permiso alguno.
Entonces recordé el jardín. Y los años que estuvimos cuidándolo y trabajándolo con José, mi marido, mi hombre, mi compañero, mi jardinero. Las veces que nos sentamos a contemplar cada hallazgo, cada regalo, un brotecito, las primeras flores de la primavera, la recuperación de una que se había agarrado no sé qué peste, o ese naranjo guacho que salió en el fondo sin que nadie lo plantara y chiquito y todo ya había empezado a sacar azahares.
Por primera vez percibí mi panza hinchadísima, yo había estado sorda y ahora escuchaba la sinfonía de una civilización derrumbándose adentro de mi estómago. Los escombros se revolvían acá dentro mío, agonizaban las últimas lombrices en un grito de sirena desde las profundidades de mi mar de ácidos gástricos. Tenía el cuerpo hecho un lamento:

–José, me comí toda la primavera. Y no quedan ni las sobras. Yo te juro que quería el verano eterno, exuberante, grandioso. Pero soy más flaca que caducifolia en invierno, me atacó la helada, un vendaval, cambio climático repentino. José, ¿cómo voy a hacer para juntar las hojas de todo este otoño?

Aunque quizás no tenga que juntar nada. José también mira a la gorda de enfrente conmigo. Le encanta. Más de una vez fue a arreglar el jardín de mi vecina y llegó a contarme de sus vestiditos de entrecasa. Él está más cerca de su peso que del mío. Y lo pude ver, también, ladear su enorme figura al salir de la puerta chica de ella. Rozagante bajo el rayo del sol.

Hasta ahora fue demasiado vegetariano mi festín. Creo que necesito todavía algunas proteínas más. Carne. Voy a preparar la mesa para cuando venga José. Plato para uno y la olla más grande que tenga. También puedo usar el horno. El golpe de gracia es lo más sencillo, hacia ahí me dirijo, hacia el sacro besito escueto que me da cuando llega. En esa generosa e indiferente indulgencia se hundirá la mano mía que lo toma de la nuca en el acto del beso, con un cuchillito de cocina.




eso del verano en el campo






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Mil Clavados es un libro de cuentos e imágenes.

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Eterna Cadencia
(Honduras 5574)

Fauna
(Godoy Cruz 1792)

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y próximamente má!