No suelo contar nada del tiempo previo al arribo en Buenos Aires. La lengua que hablaba en la otra tierra se congeló como un glaciar y no puedo pescar ni una palabra ahí. Cuando escucho a alguien de aquella zona hablar en dialecto no entiendo nada de lo que dice (la música de los vocablos encadenados unos con otros me resulta tan estridente como el chillido de las ratas).
Pero me acuerdo. Veo la casa en la que vivíamos. Veo a mamá acercándose por la noche a nuestra cama. Ella inventaba cuentos y quedábamos dormidas. Sé que hacía hambre y su voz era como la lombriz que se saca la pájara del pico para darle a los pichones. Piábamos con mi hermana escondidas bajo las sábanas, cuando la sentíamos venir. Vivíamos en un pueblo de nombre corto, en una isla. Fértil antes, próspero el suelo, las familias cosechaban prole gorda. No me acuerdo de los batallones que pasaron como termitas.
Los cuentos que mamá se sacaba de la boca mimaban a la panza hasta la modorra. Tengo pesadillas, todavía. Odiaba principalmente al hombre de la bolsa. Desconozco las palabras con que ella lo traía. Hasta podía olerlo: se acercaba lo suficiente, merodeaba. No olía como ningún ser humano que haya conocido.
Hoy me sería imposible imitar una sola frase de mamá. Empezaba a mover los labios gruesos, oscuros, hablaba y con las manos nos acunaban a mi hermana y a mí. Sus tentáculos grandes y calientes en nuestras espaldas iban y venían como cáscaras de nuez en la zanja. Relataba y canturreaba la mai invocando a los espíritus. Quería mantener mis ojos abiertos, recuerdo perfectamente la carpeta de puntilla sobre la mesa de luz y el portarretratos con la foto del abuelo junto a la cama en la que dormíamos las tres. Hacía un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos. Y entonces el murmullo, el cántico de ella se iba uniendo a los sonidos que venían desde afuera, de la calle y del campo, de alguna manera inexplicable ella estaba hilvanada, entretejida a aquel sitio con tal fuerza que cuando nos quería submarina, con amor de pulpo adormeciendo a sus larvas, levantaba la tierra, el polvo como los caballos galopando por la calle de noche.
Entonces lo veía atravesar la puerta de la calle, subir las escaleras, pasar por lo de los vecinos, llegar al umbral de casa, atravesarlo y sentarse en el único sillón que había en la otra pieza. Vivíamos en esas dos habitaciones. Durante el día mamá nos echaba a la calle y llegaban hombres que venían a buscarla. El hombre de la bolsa era diferente. No sólo porque viniera de noche, o porque amenazara llevarnos a mi hermana y a mí. El viejo medía más que el techo y tenía que agacharse para entrar en nuestro sitio. Pero venía y se quedaba ahí, aguardando a ver quién no se dormía. Mi hermana siempre estaba roncando antes que yo. Se quedaba ahí y no lo recuerdo bien, no lo recuerdo con palabras, pero podría jurar que mamá se ponía a llorar y le besaba las manos y los ojos como si fuese nuestro abuelo que volvía de una guerra que jamás conocí.
No, no conocí la guerra, me cansé de decirle a los nietos que germinaron de mis hijos. Pero la huelo. No me preguntes cómo se cocina esta tortilla, hagámosla juntas, dije a una de ellas en la casa de Banfield. Es una nena inquieta. La huelo como podrías olerla ahora, como vos tenés en la nariz el gusto de la muerte sin saberlo. Confiale al miedo cuando no te viene de la cabeza. Pero con respeto. Mis nietos a veces creen que estoy loca. Los quiero por eso. Me devuelven a este idioma, los años, rasgos de trabajo en la cara y esos meses de océanos a ciegas que niega el espejo.
Allá, mi cuerpo acurrucado como una sandía debajo de la manta que tenía enrollada por la otra punta mi hermana, vino a buscarnos muchas noches el hombre de la bolsa. Gruñía en la otra habitación, la boca le chorreaba de sangre de otros niños que habían muerto en la guerra y ahora corría el hambre. Venía a buscar hasta la casa, con su bolsa fétida, a quién no pudiera dormirse. Los ojos abiertos eran un faro que el viejo divisaba para capturar. Entonces apretaba mis párpados con toda la fuerza, el estómago, los puños y las rodillas contra el pecho como un repollo. A diferencia de los chicos de nuestra edad, mi hermana y yo, sabíamos que no habíamos nacidos de ningún repollo, sino de hombres que le pagaban a mamá. Pero era tan escaso el trabajo en ese tiempo que parecía un honor ser fruto ínfimo, migaja última del pan que los hombres ya no amasaban. Ni una sola noche faltó en nuestras cucharas sopa caliente y contundente.
Cuando mamá nos largaba a la calle perseguíamos perros callejeros, entrábamos en cloacas, pasábamos medianeras, cercos de plantas, subíamos a las terrazas, encontrábamos gatos de ojos amarillos y hasta nos metíamos en las cocinas de nuestras vecinas a ver si tenían galletas. Todo era una estrategia para huir del “hombre de la bolsa”. Por las noches, esas noches en las que mamá lo gestaba en su lengua y abría la boca para dejarlo salir, materializarse, sabía que tenía que ser más silenciosa que una hormiga. Muchas veces escuché ruidos en la otra habitación: daban vueltas los muebles, abrían alacenas, rompían cosas, rasgaban los almohadones. El viejo monstruo de la bolsa tomaba formas múltiples, se desdoblaba y crecía junto con el hambre de todos los hombres en el pueblo.
La madrugada que mamá nos levantó no sabíamos para qué. Todavía no había amanecido. Metimos adentro de la frazada todo lo que pudimos: el retrato del abuelo, un poco de pan, cacharros, el costurero, unas sábanas limpias, ropa y todo eso adentro de la valija. En pie, arriba. Me agarré al borde del colchón como si fuese una tabla en un naufragio, quería seguir, estaba soñando algo lindo y afuera ni siquiera había sol. Mamá me pegó una cachetada, no me acuerdo de otra vez que lo haya hecho. Salimos prendidas de sus manos. Nadie había en la calle. Nosotras todavía estábamos con la ropa de cama, debajo de los abrigos, sujetadas a las manos de mamá que tiraba como un caballo de carrera. Agarraba tan fuerte que dolía y nos arrastró a las corridas hasta donde terminaba la ciudad. El puerto. Nos encontramos rodeadas de gente con bolsos y valijas, y mi hermana lloraba porque había perdido un zapato en la corrida. En el medio del frío oí al barco gritar como una ballena blanca. La gente era toda susurros. Los que estaban en la fila por subir tenían la cara constreñida. Unos hombres miraban papeles que desdoblaban y volvían a doblar. Susurraban las dos mujeres que habían alcanzado a ponerse vestido de gala, un hombre con cara de furia a su compañero, la madre que abrazaba al chico de pocos años más que nosotras, los viejos de ojos amarillos que caminaban de la mano. Lo que decían quedaba atrapado en el aliento en el frío. Árido, el océano nos aguardaba con paciencia. Los fantasmas, demonios, promesas empezaron a quedar flotando sobre el muelle mientras subíamos. Espectros míseros como pañuelos.
Nos ubicamos en la parte más cerca del agua, en la bodega del barco, no había ventanas. La escena que acababa de presenciar ocupaba toda mi cabeza: un hombre había besado a mamá. Quizás fuera mi papá. La abrazó, ella seguía sujetándonos por las manos y con mi hermana quedamos balanceándonos a sus espaldas como las solapas de un abrigo que le volaran el viento. Tuve noches suficientes en ese viaje para reconstruir la cara del hombre, pero siempre era distinto. No como el viejo de la bolsa que tenía piernas nudosas, correosas, como un árbol del campo y raíces oscuras que no veía y me enterraban en el pánico. La cara de ese hombre se hacía borrosa porque no había foto, ni palabra, ni nombre y se parecía tanto a todos los que se acercaban de noche a mamá a suplicarle por sus novias, por sus esposas, por sus hijas y hasta por sus madres y abuelas. Le suplicaban con el aliento rancio y las uñas llenas de mugre que olía mucho peor que la mugre de nuestras uñas. Venían con un pedazo de pan entre las manos húmedas, o con el puño firme evocando unos batallones inconcebibles. Y hasta vinieron de los pisos de más arriba, marineros, a rogarle en los tobillos con la entrega devota como un grillete prendido a mamá. Pero ella no trabajó en el viaje. Por suerte había otras mujeres que por favores debidos o por estar sin cría salieron a poner sus huesos en la boca de los hambrientos.
Mamá se escondió en ella, no vimos el cielo por meses, y dejó de hablarnos. Movía la boca, los labios, de vez en cuando canturreaba cosas que no entendíamos. Había empezado a callar cuando por las tardes, mientras nosotras juntábamos hojas de laurel en los canteros de la calle, empezaron a llegar hombres que le hablaban a su oído en idiomas extranjeros.
En el barco, la noche caía cuando se apagaban las luces. Quedaban algunos faroles encendidos cuando un sujeto vino a adueñarse de mi hermana. Cerró un puño huesudo y firme sobre su pierna y la marrana empezó a gritar, los párpados apretados, tratando de zafarse del hombre de la bolsa. Yo lo vi, no era. El tipo tenía la barba negra y los ojos como sanguijuelas hundiéndose cada vez más en la cara. No cerré los míos, ni el menor deseo de dormirme, quería que el monstruo de la bolsa descubriera mis faros y decidiera arrebatarnos a las dos, llevarnos al mundo subterráneo donde se retorcía de insomnio mi abuelo. Aunque sea ahí.
Pero estábamos tan lejos de la tierra y de
Me acuerdo que con mi hermana nos agarramos de las manos al principio esperando que pare, porque, aunque la aguja era lenta y rítmica como una nana, parecía que mamá nos estaba comiendo, que íbamos a quedar adentro de su panza. Cosía con los ojos entrecerrados como si se estuviera quedando dormida, como los sonámbulos. Y de noche, cuando el hombre que tenía la armónica se ponía a tocar y un joven flaco con pómulos de alfiletero, sacaba un acordeón que guardaba de día con llave, y los hombres y mujeres que parecían muertos acurrucados contra las paredes, revivían en canciones de ese idioma que hoy me causa escalofríos no recordar, ella seguía cosiendo con la lentitud con la que se levanta un ancla a mano, como si hubiese un hilo que aún nos atara al puerto del que habíamos salido. Oía el sonido de la aguja traspasando la tela, no sé si los otros lo percibían porque mientras ella fue cosiendo, construyendo ese capullo de oruga, nos fuimos alejando más y más de lo que ocurría en el resto de la gente. Nos cosió con el punto del bordado.
Una noche le dije, sin hablar, empujando mis pies contra su vientre dentro del tejido, que ya no éramos bebés y que el agua iba a taparnos, que no íbamos a llegar nunca a otro puerto. A mi pesar aprendí a estar adentro de la bolsa. No la bolsa del monstruo. Ella construyó una con nosotras adentro.
Mi hermana se acostumbró más fácil. Me hacía morisquetas y empezamos a jugar con las manos que quedaban en la superficie: pulseadas de dedo, pío, pío, pío, pá, piedra papel o tijera y otros que inventamos. Y no sé si fue por las cosquillas que empezamos a hacerle desde casi adentro de su carne, la risa que nos brotaba a mi hermana y a mí entre juegos a veces, no sé si fue el odio, el amasijo, el hartazo, el olor sobrenatural de los que morían cerca nuestro antes de que los llevaran a cubierta, la dificultosa tarea para ir al baño, los cantos por la noche, el idioma haciéndosenos cada vez más tosco en las muelas, el tiempo borrado de los relojes y de los gestos de los que ahí adentro estábamos. No sé qué fue. Una mañana desperté, las piernas acalambradas en mi bolsa y mamá había vuelto al hilo y la aguja. Había un sol naranja bordado sobre mi pecho.
Al día siguiente cosió unas nubes y un arcoiris sobre la panza de mi hermana. Otra mañana fueron gotas gruesas de lluvia verde. Después empezó a hacer flores y plantas sobre su pecho. Creí que estábamos llegando a la otra orilla: mamá bordaba gaviotas con hilo marrón sobre nosotras tres. Éramos un cuadro. Ella sonreía y con mi hermana la besamos copiosamente, sobre nosotras había una bandada de pájaros con ramitas en el pico. La costa. Dejé de pensar que mamá quería comernos. Dejé de pensar. Algunos hombres y mujeres se reían de nosotras. Pero no había ninguna ventana y al fin terminaron cediendo a los dibujos. Comí a cucharadas las historias que mamá había vuelto a contar.
Llegamos a la costa mucho antes de que se detuviera el barco: cuando los de arriba divisaron la línea de tierra en el horizonte. Con el final de la espera, allá, en los ojos, se derramó el vino y la caridad. Podía oírse música cada vez que se abría esa puerta, en la punta de la escalera, por donde entraba el marinero que nos traía las raciones. Uno de esos días trajo ollas con papas y cebollas y algo de guiso de carne.
Hacía mucho frío la mañana en que se detuvieron las máquinas. Volví a oír la sirena. Tenía las piernas acalambradas como una momia en una vasija. Nuestro vestido estaba completamente cubierto: lo último fueron siete flores verdes, cuatro naranjas y dos uvas (una de las flores tenía un pétalo violeta donde se le había terminado el hilo verde). Fuimos casi las últimas en salir. También estaban bordados nuestros nombres: Amalia, Marcela y el nombre de mamá, Rosalita. Todos teníamos los huesos muy débiles, algunos se habían muerto en el camino pero los habían subido para tirarlos al mar. Costaba levantarse. Oí los gritos empujándose por salir, los golpes torpes de zapatos por ganar la escalera.
Bajamos del barco envueltas en la frazada, escondiendo el vestido. Nos salía vapor de la boca cuando respirábamos. Para llegar al muelle teníamos que atravesar una pasarela de madera. Mamá nos cargaba y se tambaleó varias veces. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro. A mi espalda, la tierra nueva se oía llena de gente. Veía el barco que nos había tenido adentro. Cuando partimos la niebla y la madrugada, me habían ocultado sus facciones. Tenía un gesto bonachón, era un barco respetable. Pero nosotras habíamos estado en un lugar oculto, como debajo de las uñas. Vi los hombres que quedaban arriba del barco. Marineros. Vestían de marrón, áspero por la sal y el viento, gorros gruesos y guantes. Despachaban el equipaje. Los saludé con la mano mientras mamá pisaba ya el muelle. Uno me vio, levantó su mano y al alzar la cara hizo la mueca de una sonrisa, el sol le brilló en los dientes como una guadaña.
Apreté la cara contra mamá y cerré fuerte los ojos.
Todavía veo la bolsa inmensa que sujetaba con la otra mano. Ahí adentro, sé, está todavía atrapado mi otro idioma.*
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* Este relato ganó el Premio Internacional de cuentos Horacio Quiroga en el año 2008.

